Mi hijo es muy bueno, pero le cuesta mucho ponerse y eso no le lleva a ningún sitio.

El deporte federado no promueve valores
17 octubre, 2018

Mi hijo es muy bueno, pero le cuesta mucho ponerse y eso no le lleva a ningún sitio.

“Lo que pasa es que mi hij@, aunque es super buen@, le cuesta ponerse, y lo peor de todo es que cuando quiere, es el/la mejor, pero no consigue ser constante, le cuesta, es un poco vago/gandulillo, no tiene rutinas, no es disciplinado… y así no va a lograr nada”

En ocasiones estos argumentos se ajustan a la realidad, y el niño/a que tenemos delante puede que tenga alguna dificultad para adquirir las rutinas, pero lo más común y más cuando se trata de demandas en torno a actividades que disfrutan como el deporte, lo que tenemos delante, es un completo perfeccionista y ni se lo imaginan.

El perfeccionismo puede ser tanto un aliado como un completo boicoteador, y lo curioso es, que casi nunca se repara en él como responsable de la situación ya que “ser perfeccionista”,en general, se entiende como una gran virtud. Pero recuerda: ¡siempre y cuando este bajo control!

Una de las cosas que más rápido aprendemos es la necesidad mejorar el propio rendimiento. Desde que los niños empiezan a hablar, les corregimos para que hablen mejor, cuando empiezan a hacer exámenes, les apuntamos a la academia, para aprender más y sacar mejores notas, cuando empiezan un deporte, entrenamos más más para ganar más…
Aprenden que más, es mejor, pero lo que aprenden sin darse cuenta, es que para ser aceptado por los demás (padres, entrenadores, profesores…), hay que logar un nivel, y si puede ser, sobrepasarlo. Aunque como entrenadores o padres/madres de niñ@s deportistas, solemos aplicar las directrices de la superación de forma general a todos “porque educar en el esfuerzo es bueno”, no siempre contamos con las presiones “internas” que cada uno de ellos se aplica.
Existe un tipo de perfeccionismo autoimpuesto en el que cada persona se marca sus propios niveles de rendimiento. Estos mínimos personales  suelen estar asociados a la autocritica y a la imposibilidad de aceptar los errores o fallos que uno mismo comete. Cuando esto existe, aunque bajo las gafas de la objetividad, el niñ@ sea muy bueno en lo que hace, este tiene una excesiva preocupación por sus errores, lo que le lleva a dudar de cómo debe actuar y empieza a dejar para mañana el estudio, a dejar de mostrar esfuerzo…

Pongámonos un ejemplo:

Un joven tenista, con una trayectoria que se puede calificar de buena, donde entrenando destaca, jugando, normalmente también, pero, tanto entrenadores como padres y compañeros señalan algo similar a esto:
“Es muy bueno en tenis, pero cuando da un mal golpe o no le sale algo, le cuesta mucho rectificar, hay veces, que después de fallo, parece otro el que tiene la raqueta, juega diferente. Cuando el entrenador lo corrige, o falla en el campo, se pierde completamente, se transforma, es como si dejara de importarle, pero sabe hacerlo. Y no le presionamos, de hecho, le decimos que no pasa nada, que siga intentándolo, pero no funciona nada.”

Ahora, cambiemos la perspectiva, ubiquémonos en lo que ve una mente perfeccionista cuando da un mal golpe y lo que deja de ver.

  • Ve el error
  • No ve los momentos en los que ha acertado
  • No ve los momentos en rival ha ganado por su buen juego
  • Ve los momentos en los que ha dejado ganar al rival por su propio mal juego
  • Hace autoevaluaciones negativas y asociadas a la identidad (no al momento) “soy un manta”, “no valgo para esto” “vaya manera de perder el tiempo” “para hacer esto, no se para que vienes a entrenar”
  • No ve que sus errores se asocian a una acción concreta (“he llegado tarde a la red”), y equiparan el error concreto al fracaso general.
Pero, además, como no tienen el hábito entrenado para aceptar que cometen fallos, la tolerancia a la frustración es inexistente y el resultado es de decaimiento, cabreo, decepción personal, indiferencia de las opiniones ajenas (cualquier intento de objetividad real donde se hable de las cosas que hicieron correctas, las entenderán como un intento de levantarles el ánimo que solo se sustenta en el cariño y no tiene valor para ellos), e incluso abandono deportivo/académico.
Esta última parte de abandono, suele darse cuando la madurez del niñ@/ adolescente aún no es suficiente para gestionar los pensamientos asociados al error.

¿Cómo saber si tienes delante a un niño perfeccionista?

  • Se marca metas muy altas, que objetivamente, están lejos de sus capacidades actuales. (por ejemplo, llevar dos meses sin entrenar, y pretender aguantar hasta ronda final en el primer torneo).
  • Aunque logre alcanzar los objetivos pactados con el entrenador para un tiempo determinado, no se mostrará conforme (tiene objetivos propios que no ha compartido en voz alta).
  • Cuando se analizan conjuntamente sus actuaciones deportivas, el siempre verbaliza primero los errores, y puede costarle recordar los aciertos.
  • En deportes individuales, tienen a percibir que todo depende de lo que ellos hacen. No suelen contemplar el porcentaje de la victoria que no depende de ellos y si del rival o del árbitro.

¿Cómo empezar a gestionar a pequeños perfeccionistas?

  • Establecer metas que partan de las suyas propias.

    • Normalmente su perfeccionismo, le llevara a marcarse metas por encima de lo objetivamente alcanzable, proponerle otras inferiores, no le hará rechazar las suyas, de manera, que empezar por dar objetividad a las que el se marque, reformularlas y buscar un punto de encuentro donde se sienta cómodo, es un principio para hacer útil el perfeccionismo.
  • Mostrar y demostrar, que los errores puntuales, no son agujeros negros.

    • El perfeccionismo, suele implicar, que con un solo error, todo se desmonta, pero la realidad es que no es así, un erro, es solo un error. Para hacer ver a un deportista perfeccionista que hace cosas bien, y mostrarle que ese es el punto de partida para seguir mejorando, es necesario encontrar la manera para que el mismo reconozca los aciertos, guiarlo en los recuerdos, para que les empiece a dar valor, pero sin caer en el error, de mostrárselos. Recuerda, que, si solo nos limitamos a decirle lo que hizo bien, y no es él quien lo reconoce primero, su percepción será de “está intentando que me sienta mejor”, lo que, en un perfeccionista, refuerza la idea de “soy un manta, y por eso necesitan consolarme”.

 

Dra. Clara López

@mentalidad.deportiva

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Utilizamos el deporte como una herramienta para descubrir, desarrollar y potenciar habilidades personales y actitudes proactivas hacia las metas. Mentalidad deportiva = Vida Activa + Salud

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